La
luna llena se posaba sobre ella mientras esta danzaba bajo su luz. La noche le
traía una paz imperturbable y una cierta confianza en sí misma. Siempre estuvo
intrigada por las estrellas que contaba cada noche y siempre cuando el sol
caía, salía a danzar graciosa bajo la pálida luz que provenía de aquella, su
única amiga, la luna. Solía ser solitaria, guardando secretos en lo más
profundo de su ser, con una conciencia oscura, y rellena de reliquias del
pasado, que se hundían en ella y se estancaban en lo más profundo. Esta decidía
ignorarlas pero permanecían inmóviles, estáticas como estatuas que se
perpetuaban en su memoria, aunque les fuera indiferente. Desde hacía poco, ella
estaba intrigada por alguien, un chico, que le causaba curiosidad.
Él
era por mucho, más activo que ella. Siempre miraba a todos por encima,
brillante y generalmente alegre. Parecía
siempre estar a la vista de todos, llamando la atención y demostrando su estado
de ánimo. Le gustaba sentir que lo miraban y siempre ser el centro de atención.
Incluso en el fondo era bello, con infinidad de destellos y maravillas de las
que incluso él no se percataba. Aun en la noche estos brillaban y jugueteaban
dentro de su ser.
Se
encontraron una tarde, cuando el sol se ponía. Un tono anaranjado la rozaba
dándole un brillo espectacular. Más bella que nunca, el torno su mirada hacia
ella, deslumbrado he intrigado. Preguntándose quien sería aquella misteriosa
chica que estaba frente a él, y
desconcertado por su extrema belleza, y por su delicadeza al moverse a medida
que el sol caía y termino por asimilar, que este sentimiento extraño que lo
invadía era amor.
Ella,
como muchos otros, lo miraba detenidamente pero conocía cada mínimo aspecto que
tenía. Se enamoró sin saberlo, y ya cuando su amiga luna salía, ya no solo
danzaba hasta salir el sol, sino que se sin pensarlo contaba las estrellas una
por una, como si su vida dependiese de ello. Usualmente se limitaba a danzar,
pero esto era una sensación extraña que no podía describir.
Pasaron
días y noches, el por su orgullo, permanecía inmutable, ignorándola por
completo haciendo que esta, por supuesto se desconcertara y se hundiera más en
su timidez, dejándolo a los dos en su punto inicial. Ella solo continuaba contando
las estrellas que veía cada anochecer y que acompañaban a la luna como un
festejo que celebraban cada noche, pero era un festejo al cual ella no estaba
invitada.
Ni
siquiera ella sabía porque las contaba cada noche, sin falta, durante horas
hasta que estas lentamente desaparecían o por lo menos, ignoraba su verdadera
naturaleza aunque supiese su intención desde un principio, pero solo
subjetivamente. Quizás este amor insensato e inalcanzable le daba una razón
para hacerlo, un juego incesante de “me quiere, no me quiere” que parecía no
tener fin, aunque los primeros rayos del sol, detenían su juego sin sentido
quedando siempre en incertidumbre y en un “quizás” que la volvía loca.
Finalmente,
termino su tediosa tarea de contar las estrellas en el horizonte que hacia
meticulosamente por las que parecían ya, una infinidad de noches insomnes
danzando a la luz de esa luna blanca. “Me quiere” dijo al fin con un suspiro,
como si hubiese aceptado lo que había hecho inconscientemente durante tanto
tiempo. Pero supuso en seguida, que siendo ella misma, jamás estaría a su
altura. En realidad, nunca pensó que lo estuviera, solo tenía la vaga esperanza
de que tal vez, y solo tal vez, este la tendría en cuenta si se parecía más a
él. Así que se volvió un íntimo reflejo de él, un espejo. Este por supuesto
noto este cambio, y puso a un lado su inútil arrogancia, mostrando así sus
verdaderos sentimientos.
Por
fin este al fin dirigiéndole la palabra a ella, declaro lo que sentía desde la
primera vez que la vio al caer el sol, bañada en rayos rojizos y anaranjados de
luz que perecía, y confeso que al verla tan llamativa no podía ignorar más el
hecho de que estaba perdidamente enamorada de ella. Esta se sintió satisfecha y
confeso sus anécdotas nocturnas, que cuando el dormía ella contaba estrellas
jugando al azar esa inseguridad que la carcomía por dentro. Por fin acordaron
que se encontrarían todos los días al caer el sol, al estar ambos bañados en
esa leve pintura rojiza y anaranjada y que este sería el símbolo de su unión.
Por
supuesto, ella sintió felicidad de estar por fin con su amante, pero esta
felicidad le traía sospechas. Pronto lo dedujo, Algo andaba mal, parecía como
si él estuviese más ajeno a ella que nunca, pero esto no es lo que la
preocupaba. Ella misma no estaba satisfecha con su nuevo amante. Desesperada,
trataba de encontrar la respuesta sin suerte alguna estaba estancada justo
donde había empezado, y lo peor, el parecía no importarle.
Lo que nunca sabría es que tal como narciso,
el cielo, su amante habría de enamorarse de su reflejo, y ella, mar, nunca lo
amo. Solo tenía envidia, envidia de su brillo, de su color y de su extensión.
Rabia porque nunca podría estar a su altura, nunca brillante, nunca tan alegre
como el, nunca tan triste como él.
Se limitaría entonces a imitarlo de por vida.
Siguiéndolo en su ira, levantándose con violencia ante la tempestad furiosa de
su falso amante, siguiéndolo en su tristeza donde el cielo emanaba un color
opaco oculto entre las nubes que ella reflejaba en sí misma, recibiendo sus
lágrimas gota por gota. Por esta razón podremos ver a lo lejos, en el
horizonte, la unión del cielo y mar, como amantes, pero en la realidad, una
brecha contundente los separa, como si estos se odiaran mutuamente,
repeliéndose sin posibilidad de encontrarse jamás.